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Cómo puede ser tan zafio el hijo de la gran puta de Teodoro García Egea.

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Reflexiono sobre cierta sensación imperiosa, cierto espasmo de las intenciones, que hace que cuando sabemos que debemos hacer algo, pero lo vamos dejando por millones de razones, en un momento dado, sin mayor explicación, acciona el músculo preciso y uno se pone a hacer lo que sea que tuviera que hacer. Es cierto que suele pasar con cosas concretas, como recoger la habitación, o limpiar. En mi caso ha pasado con escribir, y ahora que empiezo, creo que si escribo mucho menos en el blog es porque ha habido gente cuyo criterio respeto demasiado que me ha dicho que más o menos le molaba esto. Hoy le he pasado el blog a Ana Araujo y ha pasado que esperaba que me dijera algo, algún comentario al menos en alguna entrada marginal. Y he entrado y no había nada.

Esta tarde me he ido con el colega Alex a hacer eso de andar por encima de la cuerda, super hippie, aquí en un jardín que tienen entre los valles, con una manada de cabras salvajes y enormes muy cerca y me he caído en un reducto de ortigas. Me arden los brazos. Luego he vuelto, me he duchado, he cenado un poco, me he puesto a ver Juego de Tronos. El atardecer era especialmente bonito, y la misma sensación esa que acciona músculos para hacer cosas que no terminas de dejarte hacer me ha puesto a meditar.

Me he tirado un rato larguísimo, la verdad, y entre que esta mañana me he ido a correr, luego con la cuerda, goma, cosa, que es super zen, y el rato largo de esta tarde, estaba fino filipino, y ha sido cuando he entrado a ver si habría algo en el blog de Ana Araujo. Y no.

Reconozco que los primeros diez segundos me lo he tomado regular. Luego mi cerebro se ha puesto a funcionar y he empezado a agradecerlo mucho. Y he decidido dejar de presionarme y volver a escribir con sinceridad, como al principio, porque me venía muy bien y ahora estoy acumulando mierda. Y así no se puede.

Así que, una vez más, guru Ana Araujo hace de guru Ana Araujo. Sin darse cuenta, fijo. Consejo general: Hay dos cosas que yo creo que hay que repartir con cuidado, que son halagos y buenos augurios. Es algo parecido a esa gente que cuando sabe que te has presentado a algo te dice “seguro que te lo dan”. Un trabajo, una beca, un concurso. No mola.

Y nada, mi cabeza y sus preguntas. ¿De quien es la voz que oigo cuando leo?

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Preparo un texto especial. Empieza en una playa de Alicante, son las doce del mediodía, hace calor y todo ondula suave como una palmera. Hay un padre riñéndole a su hijo, y me dí cuenta de que “reñir a”, en dativo, es un verbo muy poco adecuado para lo que estaba sucediendo. Los matices de la reprimenda. O quizá, casi seguro, mi falta de imaginación, porque al escribir “reñir” me viene a la cabeza un padre mosqueado, que trata de enseñar a su hijo lo que está bien y lo que está mal, pero malamente, tra, tra. Y ahí lo que pasaba era una de esas reprimendas de cuando un paleto se pone profundo, de cuando alguien sensible pero sin recursos estilísticos quiere hacer entender algo importante a un niño. A mí esa gente es la que mejor me cae, porque creo que para los niños es como leer una novela que no entienden bien, pero que saben lo que quiere decir, pero en vivo.

Me gustaría detenerme en esta sensación. Es un estado del alma muy particular, de agitación sin peligro. Cuando uno lee ciertas novelas, en mi caso Cien años de soledad cuando estaba en segundo de ESO (eso, esa cosa) no sabe siempre qué está pasando. No puedo decir, pero ni ahora tampoco, que sepa todo el rato lo que pasa en todos los libros que leo, pero tampoco diría que no me entero. Es el texto mismo el que produce un significado que está en la frontera justa del no tener ni puta idea, de lo que ahora los niños modernos y sobreconectados, tontos, digo, entenderían como un gigantesco WTF????

Pues cuando alguien “riñe” a los niños de cierta manera, esa improvisación de algo profundo, se da un diálogo especial. Porque el niño, claro, no se espera nada de esa conversación y permanece en una actitud de escucha más parecida a la lectura, y el adulto (adulta, adulte; lo declino para mis amigos rojos) trata principalmente de explicarse lo que dice a sí mismo. De ese modo yo no tenía ni puta idea de qué pasaba, pero sabía que pasaba algo importante, cuando con trece años me quedaron seis para verano y mi padre, muy serio, me “reñía” (de aquí venía) echándose la mano al bolsillo de su bañador viejísimo para sacar un puño cerrado, vacío, ponerlo en mi mano abierta previa orden de extender el brazo y me decía que me daba el tiempo.

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Wroclaw, día 2 (1)

Si tuviéramos que decidir en un segundo dónde comienzan o acaban las historias que contamos, parecería a primera vista una decisión sencilla. Sin embargo, se pasa por alto fácilmente que cualquier narración late desde el criterio con el que se segmentó.

Cualquier relato da cuenta de nuestra difícil relación con el tiempo. Ando esta semana planteando cierto texto que me ha ido agotando hasta el punto de no escribir nada en el blog, y acudo como a un refugio, para poder escribir con tranquilidad mis paseos con mis amigos, que es lo que a mí me gusta. Escribir sobre ello no tanto, me refiero a pasear con ellos y escribirlo en mi cabeza mientras, lo que me deja demasiadas veces con la sensación de no haber estado ni escribiendo ni paseando.

Qué manera tan absurda de perder el tiempo. Llevo escuchando esto toda mi vida: mi madre, mis profesores, algunos de mis amigos. Algunos incluso me han llegado a decir que soy demasiado profundo. Eso me dejó pensando, porque hubiera entendido que me llamaran “pesado, chapa, coñazo de tío”. Eso lo entiendo, porque además yo puedo dar unas turras guapas, pero en serio, ¿demasiado profundo?

Me apetece aclararme estos conceptos, porque hay en ellos un olor facilón que me repele. Eso de “perder el tiempo” y “demasiado profundo” me suena a despacho de pan, una barra,por favor, ¿colín? sí, cincuenta céntimos, ahí van, ¿algo más? no, gracias. Y ciao.

En principio estoy de acuerdo con lo de que esa formar particular de estar en las cosas es una pérdida de tiempo. Pero creo que falta contestar a una pregunta bastante tonta, pero muy lógica, y es que si no estoy escribiendo ni paseando, ¿dónde estoy?

Cuando era intensito, yo llamaba a esto “la grieta”.

Tal y como yo lo veo, -y aprovecho para decir que voy a empezar a ser menos asertivo en mis textos, porque ando siempre dejando claro que lo que digo es solo mi punto de vista y me parece una ordinariez, y recuerdo ahora cuando Mario se mosqueó a propósito de esto y de mi opinión sobre las patatas bravas, algún día contaré esa historia- la grieta es el espacio resultante de la conciencia de la oposición entre la versión oficial de lo que allí está pasando y el infinito de posibilidades que a uno se le ocurre que realmente está pasando, entre el consenso y la disidencia gratuita. Y siempre he pensado que es desde este lugar, quizá mejor dislocamiento, desde donde se escribe. No desde una visión alternativa, una negación de lo real, como impugnándolo, sino en una reordenación de las posibilidades. Y las razones por las que me vino esto a la mente, después de saber con certeza que en algún momento escribiría este pequeño viaje a Wroclaw, se gestaron hoy, viernes, día que amanecieron los kaminiecas empapados porque llovía como su puta madre y en el cual yo no sabía lo que se estaba cociendo para el día siguiente, sábado, día de la paella de Javi. Dicho esto, y por difícil que me resulte asegurar dónde empieza y termina un texto, el lector quiere inteligibilidad, una ordenación temporal que le reporte la sensación eufórica del entendimiento del mundo, así que trataremos el viernes, mi primera amanecida en Wroclaw, como el embrión del sábado, y al momento en el que me presentaron a Elena, Ana y Sara, como la concepción.

Me desperté un poco antes que Javi gracias a mi ya famoso reloj biológico, que hace que pueda despertarme a la hora que tengo que hacerlo sin despertador, y aproveché para pegarme una ducha y preparar un desayuno decente. Creo que lo menos que uno puede hacer cuando está en casa de un colega que lo ha invitado a pegarse unas pedazo de vacaciones es preparar un desayuno decente si se ha despertado primero. Abro el frigo. Tenemos tomate, queso brie y aceite de oliva, porque el Javi no perdona los productos patrios. Hay café y un brick de leche al que le queda muy poco para caducar, pero que hoy nos va a hacer el papel. Hay huevos también, y le cojo un poco de mantequilla a la compañera de Javi para hacerlos revueltos y empezar el día con energía.

La casa de Javi es cocinocéntrica, por lo que la cocina de Javi no tiene ventanas. Tiene sin embargo botecitos muy monos para guardar el café y el azúcar, pero el único que está lleno es el de café. Javi se despierta al poco de terminar yo de preparar el desayuno y desayunamos juntos. Javi no habla mucho esta mañana. Javi desayuna con la radio. Me cae bien la gente que desayuna con la radio y me cae bien Javi, así que ahora mismo Javi me cae un poco mejor.

Decir que Javi y yo éramos íntimos amigos durante mi año en Wroclaw podría parecer demasiado para lo que la gente entiende por íntimos amigos. Sin embargo, tengo que apresurarme a matizar, dada la clase de relaciones que se dan cuando uno es extranjero, y en un país como Polonia yo creo que un poco más, por hostil.

En nuestro caso, ambos queríamos llevarnos bien. Más o menos lo que se entiende por conectar, porque bien nos llevábamos. Pero a Javi le rayaba bastante que me fuera de los sitios de golpe y porrazo y que dijera de vez en cuando frases típicas como “va tío, lo que tú veas / todo esta bien / me es indiferente”. Esas cosas.

Ambos formábamos parte de cierto grupo estructural, al que yo di en llamar Núcleo Duro, formado por Carlota, Javi, Sora, Ana y yo. Éramos un grupo particular. La sección Motylkowa vivía junta en la calle Motylkowa, que significa Mariposa. Éramos Ana, Sora y yo, y habíamos encajado perfectamente desde el minuto uno. El ambiente que se respiraba en casa era de absoluta paz y armonía, y todo se basaba en el compartir desinteresado y en el respeto a los demás. Conseguimos generar un tufillo hippie que yo entiendo que a la gente que no estaba en la pomada le costara entender de primeras.

Dicho esto, nadie es perfecto. Y lo digo por mí, porque una de las quejas de Javi era que yo lo trataba como un niño pequeño, rollo, “sí, el Javi, bah, qué sabrá él”. Cosa que no era cierta, pero dada mi tendencia a la soberbia, que aunque sea sin querer y trate de controlar, se escapa, podía entender que él pensara. Bien, este más o menos, era el estado general de mi relación con Javi cuando me fui de Wroclaw. Gana de sintonizar pero problemas de línea. De todos modos, lo que no se nos puede negar a ambos es la gana sincera de conectar, porque también había muchas cosas en común. Que contaré después.

Así que ahí estamos, desayunando tranquilamente mientras oímos la radio. Yo sé que al Javi le ha gustado encontrarse el desayuno hecho, y sé también que le ha sorprendido y sé también que no sabe qué pensar.

Aproveché la lluvia para quedarme en casa. Me gusta llamar “casa”, con el significado de home a las casas de mis amigos cuando estoy en ellas. Me reporta a la vez dos sensaciones contradictorias, pero es que la palabra es también contradictoria. Una es de servicio. Yo preparo el café, yo barro el comedor. No tengo problema en fregar los platos, tú haz lo que tengas que hacer, yo estoy de vacaciones. Sin embargo, la otra es de empoderamiento. Estando disponible para ayudar, también conquisto mi sitio. No soy un invitado, soy un compañero de piso. Y yo creo además que eso libera al anfitrión de la mierda de tener que cuidar del invitado. No sé, me parece una perspectiva anarquista muy sana.

Javi se fue finalmente a trabajar. Yo me quedé por la mañana en casa, acostumbrándome al espacio. Traté de escribir un poco, pero fue imposible. Decidí buscar en GoogleMaps dónde estaba la nueva oficina de Casa de España, que resultó que estaba en el barrio, para pasarme a saludar más tarde. Me gusta saludar en mis trabajos viejos cuando sé que tengo uno mejor. Es más, cuando sé que he sido un gran profesor en esa academia, y que si no sigo es porque mi jefe es un puto explotador. Un día, quería descontarme todas las horas que no había echado del sueldo del último mes. Mi contrato tenía un número de horas al año y un sueldo fijo con ellas. Al final del año eché menos horas, y el cabrón me las quiso descontar. Cuando me informó de su decisión, me pareció lógico. Hora no trabajada, hora no cobrada. Pero unos días más tarde, mientras estaba escalando con Carlota en el Zerwa, que es el mejor rocódromo del mundo y al que os recomiendo que vayáis si tenéis la ocasión, me empecé a sentir gilipollas poco a poco. Entonces me di cuenta de repente de que el cabrón de mi jefe me estaba timando. Que en mi contrato, escrito en polaco, no ponía nada de eso. Rumié el asunto durante algunos días, con el crohn acechando de los nervios. Le di a leer el contrato a traductores de confianza hasta que uno de ellos me dijo que no había nada que hacer, que en el punto nueve había no sé que escrito que le permitía hacer eso. Recuerdo que cuando leí el Whatsapp en el que me venía escrita la información estaba cagando en casa de Carlota. Y recuerdo que pensé que ahora sí, ahora sí que tengo que ir a explicárselo, porque una vez que está perdido ya solo se hace para dar la lucha y para que no se diga que me quedé callado delante de mi jefe, así que esa misma tarde, que estaba en su despacho, entré me senté y le dije que no me iba a quitar ni un duro. La conversación fue más o menos así:

Rodrigo: -Mira, M., que he estado pensando y no me parece justo lo de que me quites sueldo de este mes por la falta de horas.
M.: -¿Cómo que no? No te voy a pagar horas que no has trabajado, como comprenderás. Rodrigo: -Sí, pero si no las he trabajado no ha sido porque yo te haya dicho que no.
M.: -Sí, bueno, eso es verdad…
Rodrigo: -Además, he traducido el contrato y no pone nada de que puedas hacer eso. M.: -Ya pero se sobreentiende que…
Rodrigo: -Pero es que para eso se hacen los contratos, M. Para no tener que sobreentender nada.

Jaque mate. Ante eso, no había nada que decir. Pues el idiota va y me dice: “Mira, te pago el mes entero, porque no quiero problemas, pero no me parece justo.” Hostias que encima vas de víctima.

Yo, recordemos, he sido educado para aristócrata, y una parte de mí, la cristiana vieja y rancia de educación kika, tiende al aburguesamiento, pero en un sentido que me gusta mucho, la verdad. Otra día teorizo esto, pero para todos mis amigos rojers, que sepáis que hay una nobleza que no va ligada al dinero, pero que históricamente ha ido ligada a la nobleza de verdad, antes de que las hordas de chabacanos nuevos ricos nos invadieran, que admiro y cultivo con tesón. Así que le dije.

-A mí tampoco. Por eso te garantizo que voy a echar este mes todas las horas que me des. Como si me llamas de un día para otro. Yo vengo y te hago la clase.

Su cara no tenía precio. Él esperaba poder perderme el respeto. Pero yo me hago respetar. Yo sé que esto puede ser que no se entienda muy bien, pero dadle una vuelta, que yo sé lo que me digo. Llevaba todo el cuatrimestre con dos días a la semana libres, había tenido vacaciones pagadas en Navidad, y vivía de puta madre enamorado perdido de Carlota. Podía permitirme esta jugada, e incluso algunas horas extra, y las gallinas que entran por las que salen. Mi jefe, que era un explotador hijo de puta, y un cobarde, porque a la mínima que plantabas cara se achantaba, no era tonto. Era uno de esos filólogos que además estudian derecho, es decir, uno de los que se piensan que entiende a Cervantes, y que sin haber leído a Ortega, lo oyen mencionar y aplauden, solo porque es el único filósofo español que en el mundo ha sido, y yo, modestia aparte, de España y su devenir cultural piloto pero bastante. Sumado a que cada alumno individual, rollo los directores del banco Santander que tenían clase conmigo, después de la primera, quería que fuera yo siempre. Pues claro, él estaba deseando perderme el respeto, pero no podía. Y me dijo:

-Voy a intentar que llegues al número de horas.- Me quedaban ochenta. No iba a llenar ese disparate de horas ni de coña, así que le dije que por supuesto, que yo había firmado eso, y noblesse oblige: mi palabra es sagrada. Al final eché tres horas más. Perdí dos días de escalada, pero gané poder mirarlo a la cara y transmitirle en la mirada que yo era conde y el un simple burgués. Y hay pequeños placeres, un cierto clasismo incluso, que me gusta irradiar. Y bueno, que al final cobré.

Vale, pues yo estaba en habitación-comedor gigante del Javi, y en esas que llaman a la puerta. Era Miguel. Ya había ido a comer al Powoli el día anterior, el bar donde trabajaba él, y a mí me hacía mucha ilusión verlo de nuevo. Miguel es una persona que en un primer vistazo, nadie diría que puede ser amigo mío. Ni siquiera él o yo lo diríamos, pero yo no me dejo llevar en absoluto por un primer vistazo. Si me preguntarais que cómo es Miguel, yo tendría que decir que es machista, chulo, broncas. La clase de gente con la nadie diría que me yo me juntaría, pero es que él es muchismo más que eso, y estos adjetivos, sin ser mentira, no le hacen justicia para nada. Miguel es ante todo muy buena persona, pero hay que mirar un poco para verlo. Y ojo, que yo entiendo que haya gente que no quiera mirar mucho más, pero es que al primero que se la suda es a él. Al principio yo pensaba que Miguel fingía que se la sudaba, y no creo que anduviera desencaminado tampoco, pero no es cierto del todo. Es una de esas personas que coge mucho de los demás, pero siempre devuelve a su manera. Y para mí eso es lo único importante. Otra cosa es que su manera no te guste, pero a mí, particularmente, me gusta mucho la manera que él tiene de ser una persona noble.

Estar con Javi y con Miguel era mi objetivo principal del viaje. Quería profundizar en mi relación con ambos, pero no adelantemos acontecimientos, que vamos por el día dos.

-Hostia, Miguel, qué tal, qué haces por aquí.
-Pues nada, que iba a echarme un cigarro, ¿te vienes al Powoli y nos lo echamos allí?
-Qué va, tío- Yo en pijama- vamos a fumárnoslo aquí, ¿no?
-No, pero que el Javi se mosquea, tío.
Me dice eso mirándome a los ojos muy sereno. Miguel tiene una mirada muy limpia, y le veo mucha sinceridad en los gestos, pero es raro que esté tranquilo. No es que sea inquieto, pero tiene sus movidas.
-Vale, pues dame un minuto que me visto y bajo.

Bajamos, y el callejón del Powoli es hospitalario. Miguel sabe hacer de la calle hogar, y creo que eso lo tenemos en común.

Hablamos de todo un poco. Es prácticamente la primera toma de contacto después de muchos meses, y las relaciones hay que construirlas, pero tanto él como yo tenemos un interés sincero en construir una. Esta es la forma de nobleza que Miguel se gasta conmigo, y me consta que no se la gasta con todo el mundo. No es una sinceridad en las palabras, sino una sinceridad previa a cualquier palabra dicha, una apertura real. Y ya digo que esa cualidad es la única imprescindible para mí en las personas. Todo lo demás, roces puntuales, mosqueos, eso es otro cantar. Sin esta clase de sinceridad a priori, no hay nada que hacer. No sé si entenderá, pero bueno, que ya digo que queda tiempo.

Me habla de que está con una tal Elena, que yo no asocio de primeras a las protagonistas en la sombra de este viaje, y me dice que fuma hierba, así que aprovecho para decirle que me pille un poco, por favor. Manda sus mensajes y lo tiene solucionado en cinco minutos. Esta noche la tengo. Terminamos el pitillo y se va a trabajar. Tenía un tour, imagino, y también imagino que yo le metería alguna turra de las mías. No sé de qué hablaríamos. El caso que yo volví a casa de Javi y me preparé para salir, porque había dejado de llover.

Comí por el centro ese día. Por la noche iríamos a la librería española y tendría mi hierba. Me moría de ganas de fumarme un aliñado, después de tanto tiempo sin.

94

No sé si alguien imagina siquiera cómo me puede llegar a enfurecer el pito del teclado. Es posiblemente la cosa que más nervioso me pone del mundo. Me enfurece, me hace perder los papeles, cagarme en Dios cabrón hijo de puta. Todo esto por dentro. Y me apetece compartir mi frustración porque es que no puedo.

Son ciertas combinación de teclas casuales, (que parecen casuales) y que al ser apretadas en cierto orden, producen un pitido robótico en el ordenador. No sé cuáles son. Sé una: “dac”. Siempre que escribo “dac” a la velocidad necesaria, pita. Pero hay muchas escondidas en las diferentes combinaciones de tres teclas tres, esperando detrás de cualquier sufijo, o en medio de una oración especialmente bonita.

Paso escribiendo muchas horas. En Word, últimamente, y he acabado agotado toda la semana. Tanto que no he vuelto a escribir aquí. Aunque podría parecer que no es tanto trabajo, quiero poner al lector en mi situación.

Mi ordenador va como una puta mierda. Eso lo primero. Se cayó desde el sofá en medio de un ataque de ira, de cuando me volvía loco con facilidad, y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Va muy lento muy lento, pero bueno, yo me lo tomo con cierto humor y no tengo prisa. Peta del todo solo en ocasiones, y en ciertos programas, y el programa que más le cuesta mover es el Word.

Carga la hoja en blanco tras varios minutos de espera. Una vez que se abre, Office se queja de que mi Word no sé qué. Nunca me he leído el puto cuadro, porque doy por hecho que me está diciendo que sabe que es pirata. Vale, de acuerdo, espero un segundo más y le doy a pasar de él. Ahora sí. El cursor late la escritura que será, grandiosa o una mierda, pero será por mis cojones, porque de esto va el asunto. Apoyo los dedos en las arruguitas para ciegos de la jota y la efe y tiro lo primero que se me ocurre contra la nada del folio virtual que ni es folio ni es nada, pero es folio e infinito, ecológico sin duda. Da igual cual sea la sensación. Da igual como me sienta, es irrelevante, pero digamos que estoy conforme con el párrafo, todo oquei, seguimos. Punto y seguido, después de unas pocas líneas a lo loco, esto ya lo corregiremos… vamos a seguir, va… empiezo a pensar un poco, midiendo el control que queremos aplicar a lo que todavía no puede ser controlado, porque es apenas un esbozo de algo que tiene que darte una idea, un texto que tiene que decirte como quiere ser escrito y tú entenderlo y obedecer, así que uno presta atención, se concentra un poquito, escribe un poco más, se envalentona, media sonrisa, otra tecla más y… ¡¡PIIP!!

Nunca me acuerdo de que existe hasta que suena, así que cada vez que suena es peor que si fuera la primera vez. Es mucho peor porque conviven la sorpresa y el recuerdo de todas las sorpresas, de todas las primeras veces en las que se me había olvidado que existía. Ese PIIP asesino, sonido del inferno sacado de una peli de robots de los ochenta. Porque ni siquiera es sofisticado. Es vulgar, burocrático, de robot un poco jodido pero que funciona.

Piip. Es así, con dos íes. Resuena en todo mi cráneo. Se oye el eco terrible en el occipital piip, piip, piip martillea y me tortura. Cuando suena cierro los ojos y trato de no salir del trance, pero es imposible porque ya el trance se revela como trance. Deja de ser la realidad del texto que estaba fluyendo desde las yemas de mis dedos. Cierro los ojos, crispo los dientes, pero no me quedo con el enfado, trato de seguir tranquilamente. Lo acepto, forma parte del mundo. A veces me da hasta la risa el modo en el que tengo la sensación de que la vida siempre me pone las cosas un punto más difíciles. Siempre he tenido esa sensación debo decir, y sé que no soy el primero que piensa esto, ni el que más difícil lo tiene, pero es que encima eso, aparte de reventarme las pelotas, me hace gracia. La manera en la que mi vida cotidiana se dificulta siempre un puntito, pero con pequeñas putadas, como esto del pito. Esto es importante. Son siempre cosas cotidianas, pequeñas rutinas de andar por casa que hace que la gente me diga “estás loco, ¿cómo te pones así por eso?” pero es que ellos no consiguen entender que me quejo sobre todo por no poder quejarme, por no tener razón, porque yo sé que nada de lo que me pasa es para tanto, pero no sabéis cómo te destroza la cabeza en pito, como hace que se me quiten las ganas de escribir para siempre, porque claro, si fuera solo unas cuantas veces, no sería para tanto. Pero no, es siempre, es todo el rato, está escondido en unas pocas teclas, acechando, y ni siquiera la barra espaciadora es un seguro. También cuenta, y es la barra espaciadora, no sé si me explico. A él se la suda. Me odia. Y yo estaba escribiendo el puto segundo día de Wroclaw y estoy aquí quejándome, mientras no deja de sonar el pito de vez en cuando, claro, pero ya lo estoy haciendo como para martirizarme, que suene, me cago en la puta, dejadlo que me mate, ahí está otra vez, míralo. Lo odio.

He buscado mil veces en internet como se quita y no lo consigo. Si alguien lo sabe, por favor, que me ayude. Mañana lo publico, el segundo día, lo juro.