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Ha pasado un verano desde que volví de Bieberstein, y al escribirlo tengo la sensación de que hablo de una habitación de infancia en una casa que solo recuerdo vagamente. Realmente no quiero escribir. Hace cuánto tiempo que no quiero escribir. Me da bastante igual, la verdad. Es cansado. Se ha ido el sonido de que alguien me ha abierto una partida. Me está esperando. Me siento comprometido por tener la página abierta sin estar prestándole atención y de eso más o menos va el siglo XXI. Siento que estoy siendo maleducado. Voy.

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Escribo para no fumar. Para no bajar a por tabaco, más bien, y mi bajar a por tabaco no es bajar las escaleras, ni bajar cinco pisos, a por tabaco. Es bajar la colina para llegar al rato al pueblo, invertir cinco pavos en cáncer y subir la colina y volver a casa y fumarme un pitillo. Lejos de disuadirme, esta mañana de tiempo de picnic me empuja a hacer eso y pasear por el bosque. No lo voy a hacer, adelanto, pero no por salud, ni por pereza, sino porque eso no es pasear y no hay cosa que me joda más que atravesar el bosque yendo a alguna parte. Es algo que trato de evitar en la medida de lo posible.

A estas alturas es evidente que me conozco el bosque de Bieberstein bastante bien. Es un trocito pequeño de la Reserva de la Biosfera de Rhön, la Alemania profunda. Gobierna AfD, según me dijeron ayer, así que vivo oficialmente en un territorio gobernado por los nazis. He hablado tanto de los campos verdes, del ritmo de los árboles, que se me está poniendo cara de haiku y no es eso de lo que vengo a hablar. Vengo a hablar de una sensación muy concreta, que yo entiendo como el resultado de una batalla que no entiendo en absoluto pero que se libra en mi interior bastante a menudo. A ver cómo lo hago para escribir esto que, ya digo, no entiendo.

La primera palabra que me viene es “resignación”. Creo que es una buena perspectiva, porque el ingrediente más perceptible es una rendición. No se me escapa, sin embargo, que es el punto intermedio. De acuerdo, esto es absurdo. Pondré un ejemplo.

Ayer estaba vegetando en mi habitación. Recién limpia, eso sí. Había terminado de ver Broad City, serie que recomiendo a todos los intelectuales del mundo y cuya protagonista se parece a Ana Araujo, y no sabía que hacer con mi vida. Me había puesto una lista de reproducción de Radio 3 y había sacado el tabaco de la papelera por tercera vez para hacerme un piti.

A esas horas de la tarde, sobre las siete, mi ventana cobra vida. Se vuelve bastante hija de puta, porque el sol empieza incidir perpendicular durante un montón de tiempo y no hay donde ponerse sin quedarse ciego. Tengo por lo tanto, dos opciones: bajar la persiana y ponerme el pijama, o largarme. Ayer, sin embargo, me resultaba particularmente complicado decidirme. La página de Memes Literarios, a la que me meto para compararme sin tomarme en serio, me recomendaba una charla de un canal de YouTube que se llama La última página que iba sobre haikus, y a mí lo asiático y tal como que me puede, y me puse a verlo.

A mí me encanta salir a pasear por el bosque. De hecho, ahora en un rato voy, porque casi nunca salgo por la mañana. Tienen por lo tanto los haikus algo que me atrae más allá de lo snob que tiene siempre la poesía corta, y mucho más la poesía corta y trascendental y taoista. Ya sabéis lo que digo. Me atrae lo de la disolución del autor en la maravilla trascendente en la unicidad de una gota de rocío. Esas cosas. Si últimamente no paseo tanto como me gustaría por el bosque, además de porque estoy de los nervios con el concierto del día 8 de Junio, semifinal del CreaMurcia, es porque quiero escribir pero me jode ir cargando libreta. Pero ayer, sorpresa, reparé en que tenía un bolso del tamaño justo de mi libreta, así que me lo colgué y me piré al bosque.

Bien, anduve terreno conocido hasta llegar a terreno intuido, y ahí, empecé realmente a pasear. Los mosquitos eran un coñazo y la verdad, me tenía que haber cogido una chaquetica. Me paré a mear en un lado del camino, porque mear en medio del bosque me parece lujo, y casi decido dar la vuelta y volver a por ella. Pero la voz de mi cabeza me dijo, para qué, se va a ir el sol, si tienes frío te aguantas un poco.

Así que seguí andando, tratando de sincronizar la respiración con el ritmo del bosque y la cabeza llena de pensamientos que trato de observar con calma. No puedo andar y observar al mismo tiempo, así que empiezo como siempre: de fuera a dentro.

Viento en las hojas. Zumbidos, martilleos de los pájaros carpinteros, un coche lejanísimo, apenas nada. Un zumbido se marca un solo y abro los ojos. Es una abeja gigante, o algo de la familia de las abejas, tomando néctar de las flores con disciplina alemana. La miro, la miro muy atentamente y puedo incluso distinguir una pequeña lengua parda que desaparece constantemente. Me dice la cabeza que no estoy pensando en nada, pero tampoco estoy observando, pero yo le digo que íbamos de fuera a dentro, que esto me ha parecido interesante, y que no me quiero justificar. Fue entonces cuando se puso en marcha.

Fue en justificar donde me di cuenta de que estaba a punto de aprender algo que ya sabía. Este modo de aprender me parece calcado al aprender platónico de recordar, pero no me voy a meter en este berenjenal precisamente por lo que pasó después. Seguí la voz de mi cabeza que iba por llevas mucho tiempo hablando mucho contigo… tratas de justificarte ante ti mismo… pensé en Ana Araujo, en Excusatio non petita… la cabeza me impidió pensar en nada y siguió no tienes nada que justificar, y se supone que lo sabes. Y ahí me pasa la pelota. Me encanta cuando hace esto. Es decir hace que me sienta muy pequeño y muy vivo al mismo tiempo. Como cuando un profesor duro pero bueno te dice muy poco a poco, disfrutando con el proceso mismo de desglosarte tu estupidez, lo que has hecho mal, pero haciéndote sentir inteligente porque se asegura de que entiendas por qué eres estúpido. No sé si se capta esto, pero no lo sé explicar mejor. Y ante mi silencio, mirando las piedras del camino, -algo de vegetación sobre una roca, musgo, las raíces de los árboles de arriba como un abrazo a la altura del camino-, la conclusión: has perdido la fe.

Inmediatamente supe que era cierto. Pero no fue que lo supiera, sino que sabía, lo sabía, cada centímetro de mí lo sabía, y al mismo tiempo, y cabe decir que este “al mismo tiempo” es una forma de hablar, porque el tiempo queda abolido me acordé de que durante semanas llevo hablando solo a propósito del concepto de fe, tomando alguna nota, la fe es un tema recurrente en este periodo político, donde la izquierda se come los mocos y donde uno se plantea si no será mejor que os jodan a todos, encerrarme en el gimnasio y dedicarme a medrar en cualquier multinacional, y si vende armas o medicamentos, mejor.

Que he perdido la fe. El sol se seguía hundiendo al otro lado del bosque, y yo seguí caminando por la cara este. Y aquí viene la sensación de la que hablaba al principio.

Mi cabeza iba agotadora, llena de pensamientos, acerca de escribir esto o lo otro, acerca de lo que acababan de explicarme, acerca de no pensar en nada, respirar, interiorizar todo aquello y seguir con mi vida. Aunque sea una oración de más de dos líneas, por favor, no olvidemos que esto pasa en un segundo, no es tanto tiempo como parece. Nada de esto sin embargo, es, estrictamente hablando, nada que haga yo. Son más bien cosas que suceden dentro de mí, o cosas que suceden en aquello que miro y de lo que yo soy espectador. En cualquier caso, es algo que veo pasar. En algún momento, sin embargo, me toca el control, (no tomo el control, ni observo el control, me toca el control) y un instante antes de que sea consciente, lo que mi cuerpo ha decidido ya es encogerse de hombros, sacar la libreta y apuntar, sencillamente has perdido la fe.

Aquí paro. Miro adelante en el camino, como el que vuelve de despedirse uno por uno de un gentío, y veo una curiosa construcción de madera. Es como una silla elevada, que será un puesto de control de algún guardabosques o lo que sea. Me siento. Es cómoda. Relajo la mirada y comienzo a respirar, y a escuchar el bosque sentado cómodamente. Es un placer tener un minuto para sentarse en ese lugar privilegiado. Poco a poco, mi mente se aquieta. Viento, mosquitos. El sol no tardará en irse. Siempre que encuentro un sitio cómodo, dejo mi libreta a mano, porque soy tan vago que sé que a poco que tenga que abrir el bolso en el momento de inspiración, no la saco. Por eso hay que empezar a escribir justo antes del momento de inspiración. Si no, todos preferimos estar en trance que escribiendo.

Escribí durante muchísimas palabras. Escribí lo que necesitaba escribir, ni más ni menos. Escribí lo que había hecho mal, lo que me pasaba. Un diagnóstico certero de mi falta de fe y de cierta soberbia muy sutil que se me estaba escapando.

Y lo que más recuerdo de todo esto, porque ya me lo había planteado en otras ocasiones, es la resignación. Ese “ok, lo escribo”. Que no se parece en nada a “¡buah, esto tengo que escribirlo!”. No es una idea, es una obediencia. Es un saber cuál es tu lugar y saber que es inferior y que hay alguien ahí que te enseña y te enseña por las malas. A mí, al menos, me aprieta mucho. No me ahoga nunca, confío en él (¿ella?) ello, nunca me ha fallado.

Echo de menos ser alumno. O: llevo mucho tiempo buscando un maestro. O: Mr. Wolf (con el que he estado todo este fin de semana) ya no es mi maestro. O: no voy a hacer nunca mi tesis.

Joder, sí que va a ser verdad.

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Entro pensando venga, un esfuerzo, escribe, y casi inmediatamente otra vez la frustración y la falta de fuerzas. Es como ir todo el rato una pieza abajo en la partida de la vida. Espera uno por un error, un hueco, un poco de suerte, una columna que se abre, pero todo sigue como debería seguir, es decir, normal, una pieza abajo, y da igual lo que hagas, porque siempre estarás una pieza abajo. Así que paso, hoy paso, pero padezco un enfado íntimo que hace que tenga que seguir escribiendo esto, cualquier cosa, lo que desmiente mis ganas de dejar la partida, y entonces ahí sigo, haciendo como que me importa algo de esto cuando en realidad me la suda absolutamente. Y sigo escribiendo. Qué desastre, que vergüenza. Cómo me gustaría parar de escribir aquí.

Hoy he tomado el brunch con la Christine, porque llevo algunos días tratando de ser majo con la gente, y me he dado cuenta de que este estado de ánimo mío no es tanto mi culpa como yo pensaba. Estoy solísimo, y bastante bien me ha ido este año, que ya doy por finalizado más por ganas que por otra cosa, dado el altísimo nivel de aislamiento en el que me encuentro aquí. Empieza a contarme en la comida la lerda esta que se estaba volviendo a leer Crepúsculo y que es maravilloso y que ha obligado a la otra lerda, esta alumna, quizá salvable, a leerlo y las dos se han puesto juntas a ponderar la maravilla de lectura que era Crepúsculo, y yo sin dar crédito. Esta niña tiene 23 años, por el amor de dios, que digo yo que algo habrá aprendido. Bueno, pues que estoy rodeado de tontos. De tontos que piensan que estoy loco y que soy weird, palabra que ya me hace bastante gracia porque conforme se acerca el final del curso más exagero mi supuesta locura. Y el año que viene todo apunta que también va a ser una puta mierda y yo ahora mismo lo único que quiero es dormirme hasta esta noche, que me ponga a sentir como me resbala el tiempo viendo el objetivo, sin escuchar a la recua de bestias que tengo por compañeros de piso. Qué asco.

Hoy ha habido como un homenaje a Hermann Lietz, y ha sido en la capilla. Ha sido gracioso ver cómo le hacían una misa a Hermann Lietz, y algunos alumnos se levantaban por turnos y algo entendía, decían que Bieberstein era su casa, su hogar, donde aprenden a encarar el mundo de una manera sana y tal. y yo me meaba de risa porque son los mismos alumnos que luego no hacen absolutamente nada en clase, están todo el rato con el móvil, no respetan lo más mínimo el trabajo de nadie porque ellos son hijos de familias que pagan 3000 euros al mes para que aprueben el bachiller, porque como dijo Rudy, para eso nos pagan los 3000 pavos, como si me los pagaran a mí. En fin, todo eso, esta mañana.

Renuncio. Todo está sobrevaloradísimo. La literatura, la música, el arte en general es posiblemente lo más sobrevalorado que existe. Casi tanto como el sexo casual. Luego leo las entrevistas de Araceli y siento a la vez admiración, envidia, hartazgo, y cierto vacío, cierta ausencia del sentir, que yo creo que es que una parte de mí muy íntima ya pasa de tener que demostrarle nada al adolescente que fue. A ese chaval lo que tendrían que haberle dado fueron dos hostias a tiempo.

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Hoy ha sido uno de esos días que la gente con casa llama “caseros”. Ha llovido sin parar durante todo el día. He salido a correr por la mañana temprano y he aguantado menos de veinte minutos. Y no he parado por cansancio, ahora que lo pienso seriamente. No es que me faltara el aire en ningún momento. Ha sido, recuerdo ahora, me doy cuenta, de hecho, ahora, una absoluta incapacidad de permanecer concentrado, y ahora que me fijo, ha sido el final de una racha en la que sin darme cuenta he jugado demasiado a ser Rodrigo Rubio.

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Pienso en el hecho de que el cuerpo me pide hacer cualquier otra cosa que no sea escribir y me lanzo al blog para dejar constancia de ello escribiendo, aunque no lo que debería, pero bueno. Yo ya creo que tengo bastante claro que escribir me aterra, porque si no, no entiendo el paralís que me da. Tengo mil ideas a medio en Word que, al leerlas, no me sugieren más que una sonrisilla boba y cara de “anda, igual esto no estaba tan mal…”, y en los puntos suspensivos esos se van mis ganas de escribir saltando juguetonas como sobre las rocas planas de los estanques en jardines de postín.

A ver, que me entere yo, ¿cómo lo hacéis los demás? Los que sois tan listos, y os relacionáis tan bien, los que vais a conferencias sin parar y la vida literaria os señala con el dedo, de dónde sacáis tiempo, no ya para escribir, sino para vencer esta pereza existencial que brota cuando uno va a hacer algo que de hecho quiere hacer.

A mí se me ocurre que igual no querré tanto. Si tuviera tantas ganas de escribir, ya estaría escribiendo.

Se me ocurría, en este tiempo que he estado mirando por la ventana entre párrafo y párrafo, porque aunque no se note, estoy tardando mucho en escribir este post, y me vienen las ideas así como al tuntún, que igual tiene que ver con pánico a decepcionarme a mí mismo. Pero le contesta a ese pensamiento otro que dice que total, peor imagen de mí mismo no puedo tener, y otro pensamiento le dice que lo que yo quiero no es escribir, es ser un escritor fracasado, y a ese le contesto yo que ya hay que ser gilipollas.

Mira, yo puedo ser muchas cosas, puedo querer ser otras tantas, pero gilipollas, lo que se dice gilipollas, de verdad que no. Yo creo que me acojono y punto, y por eso pongo por aquí mis movidas, que total, son mis movidas, y un día pasará como pasó con el Tuenti, que cuando hubo que volver a mirar las fotos, flipasteis. Yo no, porque yo no las volví a ver.

Bueno que yo que sé. Me aburro muchísimo de mí mismo.