42. Expresividades

Me encantaría poder hablar con más gente utilizando símiles en apariencia completamente absurdos, como:

Viene Carlota a verme el 14 de Febrero, y sólo a Manu se le ha ocurrido hacer el chiste preceptivo. Yo ya había tirado mis peones del enroque para adelante, debilitándome todo, cuando dormí por última vez con ella. Sacrifiqué un alfil con Ah7+, pero ella ni siquiera se lo comió. Rh8. Por eso lanzo mis peones, a ver qué pasa. No tengo contrajuego, pero ella tiene una posición muy pasiva. El afil de su fiancheto no juega, pero tampoco deja de defenderlo todo en el centro. Tiene un caballo protegido en e4, que aunque no haga mucho por ahora hay que tenerle un ojo puesto, mientras que mis alfiles, que parecían dos diablos, no consiguen encontrar una diagonal efectiva. Empiezo a desesperarme, pero me niego a firmar tablas. Prefiero morir y mandarla a la habitación de invitados cuando me visite. No sé qué querrá, no sé cuál es su plan. Parece que me quiere atracar por tiempo, pero entonces, por favor, dime las cosas claras, porque yo me voy a volver loco de tanto querer descifrar tus extraños saltos de caballo. Cuando vengas iremos a museos en Frankfurt, tengo preparada una semana genial, estaremos en un castillo en Alemania, y yo estoy bastante colgado de ti. Llevo todo el día pensando la próxima jugada y como se me quiten las ganas y empiece a jugar pasivo, te voy a tender la mano y tan amigos.

Y esto, que quiere sonar a ultimátum, es precisamente lo que no cuela. Aquí no se le escapa el farol a nadie, y está el público compadeciéndose de mi sentimentalismo, que parece que se me hace un poco de caso y se me tiene en el bolsillo para siempre. Esto podría parecer una queja, pero que va. Es mejor querer que ser querido. Eso es así.

41. Vuelta a casa

1.

Son las seis menos veintisiete en la estación de trenes de Fulda y hace un frío del carajo. Un señor con ojos azules me mira desde detrás de su café. Trata de enfriarlo soplándole, pero bastaría con que le clavara así los ojos, el señor.

El plan es sencillo: llegar a la estación de Frankfurt, pasar la noche allí, no morir enterrado en nieve a lo Robert Walser e ir al consulado por la mañana a por el salvoconducto. De ahí un taxi y al aeropuerto. Ya he preguntado en información si estoy en la estación correcta. No hay otra, así que sí.

Gente de paso en el café de la estación. Luces de navidad alrededor de todo el mundo parpadean en arpegios epilépticos. El shopping centre decorado por los reflejos LED en la nieve incipiente de Fulda.

Acabo de pagar 2.20 por un café en este sitio de plástico. Exactamente lo mismo que pagaba con Claudia en el Café Comercial, recuerdo desde lejos. Cuando ese pensamiento me cruza el coco, su movimiento viene marcado por un vistazo a mi estado. Siempre es “bien”, satisfactorio, pero me resulta curioso que mi mente se palpe a ver si sigue viva cada vez que se cruza con Claudia. Demasiada gente demasiado cerca, demasiado frío en la calle.

2.

Estoy en un concierto de jazz en Frankfurt. Recapitulemos:

Después del cigarrito preceptivo en Fulda, pude cagar pagando un euro. No me equivoqué de andén; se equivocó el tren, porque resulta que lo habían cambiado in extremis al andén inmediato, y lo leí un pelín antes de perderlo. No me pidieron el billete en ningún momento, y después de un viaje bastante agradable llegué a la estación de Frankfurt, que es donde voy a pasar la noche. Había un mendigo y hacía mucho frío y yo iba con mi abrigo de escritor, que tampoco abriga tanto. Era temprano todavía, así que decidí salir a la calle para dar un paseo, pero no me apetecía hacerlo cargado de mochila, así que pregunto a un extraño si sabía de algún locker en la estación. Inmediatamente después de la “g” de “entschuldigung” quedó claro que alemán no era, así que me dirigí al mostrador de información para tenerla. No había. Volví a la puerta resignado a seguir siendo un caracol y guardé mi abrigo de escritor para no pelarme de frío. En el proceso de sacar el abrigo rojo y montarlo, el desconocido , que ahora se llama Jakob, me ha regalado una entrada para este concierto y ahora aplauden y bajan la luz. Salen los músicos. La big band nos interpela a rugidos. El primero que improvisa es un saxofonista pelín cutre.

2 bis.

Me estoy emborrachando y eso es un peligro.

3.

Jakob me ha invitado a dormir a su casa. Seguiremos informando.

Fin del concierto. La hora de la verdad.

3 bis.

Bueno pues al final nada. Me toca dormir (o lo que toque) en la südbanhof. Tampoco es grave. Solo espero que los de seguridad no me molesten. No hay decepción, aunque me hubiera hecho ilusiones de dormir en cama. El chaval tenía 17 años y se le ha calentado la boca jugando al hippie. No sé qué señal sacar de esto. He pasado un rato agradable en el concierto. Sin más.

4.

El puto segurata de mierda tenía objeciones acerca del trozo de suelo que había elegido para dormir. La verdadera mierda es que sé que no voy a dormir porque tengo en la mochila mi vida toda y me da miedo que me roben. Y estoy solo. Cuando hice este rollo con Carlota por Italia fue mucho más sencillo, porque quieras que no, el tiempo pasa más rápido y dos personas pueden pedir de dormir sin miedo.

5.

Ahora es la mañana del día siguiente. Después de pasearme un poco por el metro de Frankfurt buscando un hostel o algún locker que no fuera yo para dejar la maleta, llegué a la hauptbanhof. Deduje que allí habría lockers, así que allá que me fui. En efecto, había lockers y un tío durmiendo en un saco de dormir. Pensé que buah, que había triunfado, pagué cuatro euros por dejar la mochila y me tiré cerca del hombre, para sentirme más seguro, en el suelo más frío de mi puta vida.

Dormir era imposible. El frío sucio de suelo se me colaba por los riñones y entre los pensamientos que trataba de apartar. Me era imposible relajar los ojos, y me daban muchísima envidia el mendigo y su saco, apoyada la cabeza en su mochila, porque él tenía menos miedo y sabía qué era realmente importante. Total, que imposible. Oigo un piano. Mal tocado, pero piano, y me levanto pensando que en el peor de los casos puedo matar el tiempo. El piano es diminuto bajo la bóveda de hierro. Hay doce vías que se juntan en el punto de fuga del final de la estación y yo me imagino los trenes colisionando euclidianamente. El piano está pintado de colores alla Berlín y absolutamente helado. Canto Genova per noi a voz en grito y muy mal y ni por esas. Llevo un rato y no aguanto más de frío, así que dado que el suelo es un cubito sucio, me siento en las sillas de la sala de espera. Son metálicas e incómodas, pero me meto dentro de mi propio abrigo y trato de dormir. Parce que va a ser difícil.

Enseguida llegan los mendigos. Kilos y kilos de bolsas sucias y mierda. Kilos de miedo, pero me aguanto y presto atención, porque sé que esas escenas son las que Picasso pintaba en París. La mugre amenazante de los mendigos en la vía pública, recordándonos que existen. Eran una mujer y un hombre. Yo estoy sentado en el asiento que reglamentariamente debería usar la mujer, porque su compañero se ha puesto al principio de la hilera de asientos y todos no cabemos, así que le digo con la más exquisita educación bitte schön, cediéndole el asiento. La señora que hay debajo de esa capa de costra asquerosa está visiblemente sorprendida, dice que danke y distribuye su basura alrededor de mi ex-asiento. Tienen de todo: mantas, cajas, comida. Y yo veo que pienso que ojalá me den una manta, que es todo lo que necesito. Empiezo a pensar en la superioridad de los mendigos. Ricardo decía que son el personaje romántico por excelencia y es verdad. La admiración temerosa que les tengo viene de ver que ellos de verdad que no necesitan una mierda y que de algún modo son más libres que yo. De repente, el mendigo, abrigado por su propia mierda cruza las piernas y hace jnana mudra y yo lo miro suspicaz. Estira la columna como se debe hacer, controla la respiración y ahí se quedó, un rato largo. Cada poco lo miraba yo, para ver si era pose, pero ese pensamiento es de puto burgués, porque qué coño tiene que posar este tío. Es igual de absurdo que el civil que le pregunta al ex-militar que si mató a alguien.

“Vas a fumar más que un tonto”, me dice la cabeza. Pero esta vez no me resigno y pienso que ahora tengo la maleta a buen recaudo. Voy a buscar un hostel. Y allí que me lanzo con un frío que pela a buscar la calle. Para ser más efectivo le pregunto al primer jovenzuelo que pasa, y esto es otra historia.

6.

Estoy en el aeropuerto y es todavía por la mañana. Mientras escribo esto, mi espíritu cartesiano habla por el móvil consigo mismo, moviéndose de aquí para allá con la lógica del vuelo de las moscas. Parece interesado en la conversación, como si se estuviera diciendo algo de sí mismo. O misma. A veces me gusta pensar que mi espíritu es una mujer. Aunque esto es una estupidez, porque un espíritu no tiene sexo, y el género social es un constructo y debe abolirse a la de ya. Al margen de esto, sé que mi espíritu piensa en la predestinación. Bueno, él/ella lo llama así, pero en realidad sabe que eso tiene que ver con las consecuencias lógicas del modo de ser. Yo siempre he sido muy despistado y creo que por eso nadie me toma muy en serio. Creo sin embargo que eso es bastante contraproducente. La gente se vuelve despistada cuanto más se lo repiten. Mi madre me llamaba “irresponsable”, pero eso es sólo por su total inutilidad con el lenguaje. se lo perdonamos porque no es culpa suya ser analfabeta. A mí me han pasado cosas muy interesantes por mi despiste. También muchas putadas, pero de todas he aprendido bastante, y a eso se refiere mi espíritu con lo de la predestinación.

Pero bueno, el caso es que me acerqué al chaval aquel y le pregunté por la calle de mi hostel. Él iba ciego como una peonza, se caía, y va y me dice con mucho “fucking” que parece que hoy su trabajo es guía turístico porque todo cristo le pregunta a él. Y que fucking tourists y todo eso. Lo miro un poco mosca, porque yo no soy un tourist, yo vivo en un castillo, imbécil, pero ahora soy el extranjero, y por lo tanto el débil. Soy un otro. Así que sonrío y él me acompaña hasta el hostel. Atravesamos calles deshaciendo el camino que anduve antes muerto de frío por llegar a la estación, y después de dos esquinas nos vemos en el barrio de las putas. En Alemania la prostitución es legal y la calle se enciende de rojo mientras te llaman los chulos a voces desde todas partes. Muy sórdido todo, mientras me pregunto si soy un mojigato porque todo ese rollo no me gusta un pelo.

El hostel no aparece. Por todos lados te buscan luces que no me combinan nada con el cansancio y el frío que arrastro, y entonces el colega se para y me dice que me puedo quedar en su casa. Alerta naranja, porque me da miedo que me robe la mochila. Como veis, vivo obsesionado con que me van a robar, pero es que llevo mi sintetizador a la espalda y no tengo ninguna gana de perderlo. Me lo propone por segunda vez, y muerto de frío le digo que ok, que se espere un segundo que voy a por la mochila. Y echo para la estación. A él le cambia un poco la cara, pero aguanta el tirón. Los silencios son un poco más incómodos que antes, pero estoy decidido a dormir caliente, así que manejo la conversación como mejor puedo. Una vez que tengo la mochila en la mano, quiere ver mi DNI. Difícil, así que le doy el carné de conducir diciendo que he perdido el DNI, y que para eso voy al Generalkonsulaat, porque mañana me voy a España de vacaciones de Navidad. Pero no has perdido la cartera, me dice, cómo vas a perder el DNI. Tío, tú no me conoces, yo puede perder el DNI en un metro.

Busca un taxi. Dice algo de que por estar en la estación le van a cobrar un huevo. Se acerca a uno. El taxista, que es indio, o paqui, o yo qué sé, esclavo al fin y al cabo, y por eso nos lleva a nosotros que mandamos. Bueno, manda el otro, que es quien paga. Yo por supuesto no me voy a gastar ni un duro. El chaval está asustado.

-Ok. Vamos a ir ahora a mi habitación. Dejamos tu equipaje y tomamos una cerveza y hablamos. Y por supuesto, mañana a las diez I’ll kick you out of my bed.

¿Cómo que tu bed? Sentirme en la situación de tener que liarme con él porque me ha invitado a dormir es instantáneo, y noto como que mi feminismo crece un poquito porque como que comprendo en mi piel una más de las clásicas situaciones de indefensión aprendida.

7.

Llegamos a su casa y el colega empeñado en tomar una cerveza mientras decía que “él no solía hacer esto”. Lo recuerdo ahora que acabo de subir al avión, y es que era tan típicamente de polvo que es que es normal que pensara que me enculaba.

Su casa era preciosa. Enorme, con buen gusto. Dejé mi equipaje donde me indicó, y mis huesecillos empezaron a interiorizar el calorcito de aquel sitio tan acogedor. Pero no pudieron disfrutar mucho de aquello, porque mi nuevo amigo, venga, vámonos a tomar una cerveza. Y era una orden. Yo estaba bastante asustado, pero hacía por que no se me notara. Al fin y al cabo, iba a dormir caliente.

Así que bajamos otra vez al invierno alemán. Yo: ¿está muy lejos? Él: no, aquí cerca. Anduvimos hasta “aquí cerca”. Estaba cerca y estaba cerrado. A mí me pareció maravilloso, pero él, recordemos, todo ciego, sugiere “ven, vamos a ir a no sé dónde” Y paró un taxi. Yo ya me cansé. Pensaba que me iba a llevar a no sé dónde, efectivamente, y que me iba a tocar coserlo a hostias. Agradecí que fuera borracho y haber tenido mi primera clase de kick boxing el lunes. Le di cinco euros para las cañas, para que viera que iba de buen rollo.

Echamos a andar de vuelta a casa. Yo ojo avizor. Procurando que no me la liara. Me habló de él. Sólo hablaba de de sí mismo, de que sus padres eran músicos, de que él más, de que le era más fácil leer música que letras, que se llamaba Valentin… gilipolleces.

Llegamos por fin a su casa. Me lavo los pies porque cantaba a mendigo y nos tomamos la última en su cama. La escena es yo en un comedor precioso, lleno de libros e instrumentos musicales, hablando de cosas megaprofundas con él , to ciego, y empezaba a encontrarme muy cómodo. Él no se callaba, y empecé a hablar de mi estancia en India rollo faquir cuando me suelta: “mmmmm…. es tarde. Mejor vamos a dormir”. Y yo por supuesto, qué te has creído.

Luz apagada. Él y yo juntos y solo nuestras respiraciones ocupan el espacio que nos separa el cuerpo. Trato de calmar a mi mente. Conversación interna:

-Bueno, ahora si te entra, le dices muy amablemente que estás cansado y tal y que no puede ser.

-Pero que va to ciego, que se la puede soplar.

-Bueno, pero ¿tú te quieres liar con él?

-No, joder, estoy cansadísimo.

-Pues eso.

(…)

Nada pasa.

-Joder, ¿debería entrarle yo? Qué pasa, no le molo o qué.

-Tío, duérmete.

8.

Esta mañana me levanto, nos despedimos abrazados. Le doy mi número para ir a Berlín a verlo y me piro. Tomo un café por allí, en una pastelería particularmente cara, donde dos tipos hablan y me miran porque huelo a mendigo y estoy escribiendo el “5” de esta serie. Compré unos calcetines y tiré los míos.

El sol estaba agradable y llegaba con tiempo suficiente al consulado. Con los pies limpios y descansado, hasta la mochila parece que pesa menos. Decido comprar el billete de metro para ir al Generalkonsulaat, sito en Nibelungenplatz,y aprovecho para ver si mi tarjeta del banco funciona. Abro la cartera que me compré con trece años y al ir a sacar la tarjeta del banco, un destello rosado me acaricia la retina haciendo que me cague en la puta porque soy idiota. Cuando lo saco, aparece en mi mano una tarjeta blanca inmaculada, de publicidad. Perplejo le doy la vuelta, y allí estaba mi DNI, pegado perfecto a otra tarjeta de mi absurda cartera, jugando a volverme loco, como siempre que me pasan cosas de esas. No es que me sorprendiera, viniendo de mí, pero creo que esta ha sido la más gorda de todas.

40. Cortita y al pie

Que escriba mi historia, me dice esto. Pues vale.

No ha sido un día especialmente productivo, y no puedo enorgullecerme de haber sido muy útil a la sociedad, la verdad. He comido tres veces, he visto un documental de artes marciales, me he pajeado más de tres veces cuando son las ocho y media y he cobrado. Me he sentado un rato largo, también, y esta es la historia de lo que ha pasado mientras respiraba.

Una vez leí que meditar es traducir el mundo al lenguaje de la sensación, y me parece una definición suficientemente convincente. Deja un amplio margen a la interpretación, con ese significado tan vacío de “sensación”, -qué será una sensación exactamente, y cómo se articula en un lenguaje- pero a mí me parece que da en el clavo. Entre toda la basura de canciones chorras y distracciones tarareadas, yo es que soy muy musical, ha pasado Claudia con forma de distracción tarareada mal, de pertinaz cacofonía en la caja de resonancia de mi coco, que dice que hoy mi vida entera pasará ante mis ojos, y me he propuesto no pedir perdón, sino ser una persona madura y cortés.

Juan me había dicho de cañas que Pedro, el hermano del padre de Claudia, había dejado de fumar de cáncer de pulmón y me he recordado pensando que era una buena oportunidad para escribirle por fin, después de tantos años habiéndola visto por última vez mientras pasaba el verano en casa de sus padres en estado y calidad de novio formal. He tratado de respirar ese incordio de pensamiento y de responsabilidad fatal, de fatum, pero no me ha salido y me he dado cuenta de que eso significaba que, efectivamente, había que escribir. Y he empezado precisamente así “estaba de cañas con Juan…” aunque luego he pensado que para un pésame allá esas pajas (vivo en un internado) mejor quitar lo de las cañas. He escrito un e-mail a la vez desenfadado, inteligente, cortés y condoliente, palabra que no sé si existe, pero debería, donde le deseaba lo mejor y me alegraba de lo bien que le iba, siendo como es profesora en Harvard y casada en Boston. Ella me ha respondido desde un iPhone con cuatro frases manidas, después de mi bola cortita y al pie, ella la ha sacado por la banda para no complicarse en el fragor del medio campo.

Pero no me estoy quejando. No me estoy quejando lo más mínimo, además, me limito a constatar un desengaño, sacudiéndome harto ya el pensamiento de que ella podría haber estado interesada en saber algo de mí. Ni una pregunta, ni un “oye, qué tal”. Y mejor, de verdad, mucho mejor. Porque ella tiene un iPhone y trabaja en Harvard, una familia que se quiere aunque se mueren y mucha mucha pasta, y un marido y un futuro brillante y ningún interés en saber de mi existencia. ¿Voy a utilizar esto como una prueba de que, como efectivamente pienso, se ha esmerado muchísimo en trazar la línea que utiliza para romper con el pasado, tranquila, mi vida? Pues ni sí, ni no, ni todo lo contrario. Que me la suda, vamos.

Y esa es mi historia.

39. Disculpas

Me debo una sesión seria de escritura, una disculpa y una colleja, todo a la vez junto y revuelto, porque yo contengo multitudes.

Se deja notar el exceso de alcohol y comidas y familia en lo pesado y trompiconeado que me sale hoy el escribir. Hay que volver a ponerse a tono. Quisiera hacerlo contando todo lo que me ha pasado desde que salí del castillo hasta ahora, que vuelvo para encontrarme un invierno acogedor de descanso y sobriedad. Nada de alcohol en meses, nada de hierba en meses, tampoco. La voy a echar de menos, es verdad, pero mira, meditaremos.

Hoy no voy a contar, nada, tampoco. Hoy vengo a medirme con dedos anquilosados la batalla del hogar materno, que será un sitio al que volver, dicen, pero todavía no.

Ni en pintura.

38

Pienso en Bieberstein un punto cero de la metáfora, donde el espacio (castillo, campo, casa, clase) desmiente al tiempo (hermanos, amigos, santomera, autobuses) y lo que sale es mi cabeza inconexa esculpiendo una rutina, echando de menos la paz mate del invierno alemán y queriendo quedarse a vivir en Murcia. Si es que con que no se me moleste, a mí me sobra.

Qué vago soy. Acabo de poner el punto final este y al ir a darle a publicar me ha dado vergüenza.

Mala señal. Es una mierda escribir fuera de sitio.

37

Desde que salí de casa me han pasado muchas cosas que trato de ordenar. De momento llevo un fin de semana en Murcia y me lo he pasado bebiendo, tengo problemillas informáticos en el control de mi cuenta, parece, y son mis primeras vacaciones pagadas. Estoy cansado también, y me he resfriado. En Murcia. Engaña a la ventana el sol de invierno. Concede un día más.